Textos relacionados/ Ventajas y desventajas. (Tema 2)

En el texto de José Luis Sampedro y Rafael Martínez Cortiña, sobre la existencia y clasificación de los sistemas económicos, hay un penúltimo párrafo que resume, de algún modo, una preocupación común al resto de los textos propuestos: la viabilidad y justificación de un sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción. Estos autores observan que « hoy parece menos justificado que antes la disponibilidad arbitraria de los medios de producción por propietarios privados. Cada vez resulta más difícil admitir que el dueño de unos bienes de capital producidos entre todos pueda usarlos según sus fines privados, con independencia del interés colectivo. De ahí que se tienda cada vez más a la propiedad socialista [hay que recordar que este texto se escribe en una fecha en la que aún existía la URSS y por propiedad socialista se entiende la propiedad pública de los medios de producción bajo el llamado “socialismo real”], aunque se complemente con ciertos mecanismos de mercado. Para comprobarlo basta recordar que de los diez puntos enumerados por Marx y Engels como aspiraciones básicas en el Manifiesto Comunista, de 1848, varios han sido ya aceptados más o menos en los países capitalistas, y algunos lo han sido íntegramente.»

¿Qué más elementos nos harían pensar en una más justa distribución de los medios de producción a través de la propiedad pública de tales elementos productivos, aparte de la ética implícita en el injusto disfrute de unos bienes producidos a partir de la actividad productiva de todos en beneficio de unos pocos? Estos elementos serían las inevitables “crisis económicas” inherentes al sistema capitalista, con su secuela de catástrofes financieras, económicas, quiebras, aumento del desempleo, fugas de capitales, empobrecimiento de las personas, y, en última instancia, muerte y enfermedad de los más débiles y pobres elementos de la sociedad. Estas crisis reiterativas son analizadas en el texto de Juan Hernández Andreu en los dos modelos de la crisis de 1929 y la crisis industrial de 1972-73. En ambos casos, examina Hernández Andreu la crisis como un efecto de la caída de los precios de las materias primas y de los bienes primarios o básicos y en un descenso en las rentas de los países exportadores de materias primas y alimentos. En el caso de la crisis del 29 esto lleva a una crisis de la demanda de los productos industriales con caída de los precios en todo el sistema productivo, y los efectos arrasadores a los que nos hemos referidos más arriba. En la de 1972-73, es cierto que, por el contrario, se da un aumento de los precios de las materias primas y los productos energéticos, pero es posible que tal aumento esté sobrevalorado ya que se da sobre una depresión estructural en la valoración de las materias primas en el período inmediatamente anterior. La elevación del precio de estas materias lleva a una crisis de la producción industrial, en este caso a una crisis de oferta, con elevación de los precios, al contrario que en la crisis anterior. A este efecto, de descenso de la oferta industrial con inflación de precios, se le conoce con el nombre de estanflación, y causó el pánico en los años setenta, por su efecto devastador sobre las economías y sectores más débiles de la sociedad. Lo que se observa de estas “crisis” o “recesiones”, como se denominan en la jerga clásica económica capitalista, es que las crisis son inherentes al propio sistema capitalista y posiblemente un efecto de la dinámica propia de la competencia anárquica entre los distintos elementos productivos privados propios del capitalismo.

Diversas consideraciones y soluciones son ofrecidas por los distintos autores y economistas. Desde la intervención estatal, propuesta por Keynes, y que toma la forma del Estado del Bienestar, a la simple supresión y superación del sistema capitalista, propuesta por Rosa Luxemburgo, y que, de forma altamente deficiente, toma forma en los sistemas de colectivización y propiedad estatal de los países del socialismo real.

Las crisis, según Diego Guerrero, son inevitables, ya que los aumentos de productividad en el capitalismo exigen un crecimiento más acelerado del capital que de la fuerza de trabajo, y, puesto que la fuerza de trabajo vivo es la fuente de plusvalía, cuando ésta disminuye con respecto al capital se genera una tasa de ganancia decreciente en el largo plazo, y consiguientemente una crisis económica, sea en la demanda o la oferta de productos o bienes básicos o industriales. La inexorabilidad de estos comportamientos lleva a Adela Cortina a proponer una “ética económica”, en concreto, una “ética económica europea”, basada más en el modelo de capitalismo renano que en el modelo liberal anglosajón. Este modelo de “economía social de mercado” se apoyaría en tres raíces europeas: el vigor de la socialdemocracia europea, la influencia de la Doctrina Social de la iglesia y la fuerza de tradición es legales europeas, como el Derecho Romano y el Napoleónico, que propician, según la autora, acuerdos equilibrados, más que una cultura de ganadores y perdedores, como es la actual cultura norteamericana y anglosajona en general.

En cualquier caso, insiste Adela Cortina, y en esto coincide con las reflexiones comunes a estos trabajos, «hay un núcleo común a esta ética, que consiste en la negativa a aceptar el individualismo como núcleo de la vida social y la convicción de que ese núcleo es la intersubjetividad, la relación entre los sujetos. Encarnar esta intersubjetividad en la vida económica exige la actuación de los ciudadanos que han de consentir con las reglas de los marcos normativos. Exige la actuación de ciudadanos económicos, en un sentido más republicano que liberal.»

Tal vez dicha acción pueda venir de un retoque del Estado de Bienestar, como se propone en la entrevista a Assar Lindbeck, de los resultados que surjan de la mezcla del modelo institucional comunista de China con el modelo de actividad económica capitalista que este país ha adoptado, o de nuevas propuestas que los distintos movimientos sociales están pergeñando ante las sucesivas crisis económicas que el modelo neoliberal surgido de la crisis del 72-73 ha provocado (como la actual crisis de las “hipotecas basura”, y cuyos resultados aún nos queda por sufrir).

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